viernes, 16 de marzo de 2012

School

Cuenta la historia de un chico que no sabía de que manera agradecer todo lo que hacían por él. Y cómo no tenía mucho que dar, se propuso hacer feliz a esas personas que le alegraban la vida. A su madre, por ejemplo, le dió la gracia de sentirse orgullosa por su hijo. Fue así como se propuso dar lo mejor de sí en todo lo que hacía.
Cuando otras personas hacían lo necesario, él hacía lo posible. Cuando los demás decían basta, el decía un poquito más.
No era ni muy inteligente ni muy capaz. Era responsable y se tomaba todo muy a pecho. Creía en sí mismo y sabía que valía la pena. A veces una sonrisa vale más que una noche en vela.
Las personas empezaron a ver su esfuerzo. Ya no era tan importante el éxito sino el empeño. Y como todo lo que se hace con convicción tiene sus frutos, podríamos decir que cumplió con sus espectativas. Terminó el secundario con un promedio de 9,85 e iba a representar a su escuela por toda la provincia. Llevando orgulloso el estandarte nacional. ¿Lo hacía de creído? ¿Se sentía superior? Nop. Lo único que buscaba desde arriba del escenario era la sonrisa de su madre, ella se conmovía hasta las lágrimas y todo el sacrifio valía la pena.

Esa es una pequeña anécdota, un pequeño ciclo de la vida, pero los medios son muchos más.
El fin sigue siendo el mismo.

Los límites están en nuestra cabeza. Por mí no lo hubiese hecho, nunca hago nada por mi. No se si es lo mejor. Lo que sí se es la satisfacción que se siente provocar felicidad. No conozco nada más grato.
Entonces si se tiene un objetivo primero habría que pensar el motivo (por qué, por quién) y después no hace falta más nada. Sale solo.

¿Vos por quién lo haces?

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